Ahí está, en una esquina de mi cuarto. La veo, tranquila, callada, inmóvil… Es baja y morena. Sus curvas captan mi mirada, y me hipnotizan. Me acerco a ella, en silencio, poco a poco la desnudo. Me siento en la cama y la pongo sobre mí. La acaricio suavemente, pasando mi mano lentamente por sus marcadas curvas. Comienzo a tocarla y me dejo llevar por el sonido suave y claro que sale de su boca. Y así horas y horas paso junto a ella, sólo tocándola y escuchándola.
Al terminar la vuelvo a vestir y la coloco en la esquina de mi cuarto, donde siempre estará, mi guitarra.

